Barcelona, lunes 25 de julio, 2005.

Voy al Park Güell, y acabo de tomar el metro.

Me he pasado todo el fin de semana encerrado en casa, grabando guitarras para el disco de Cançons i Romanços. Lo único que rompió mi aislamiento con el mundo fue la llamada de Mikel, con quien me reuní en l’Astrolabi por la noche y me presentó a sus amigos. Uno de ellos, Emilio, que es de Andalucía, relató algunas historias de su abuelo Antonio.

La familia inscribió al abuelo en una especie de ludoteca para gente mayor, donde hay salas para reunirse, charlar, ver la televisión, o jugar al dominó. También hay monitores, enfermeros y médicos.

Un día, estando Antonio en casa, suena el teléfono después de comer. La nuera, se levanta de la mesa y contesta la llamada. Antonio permanecía sentado con la barbilla apoyada en el bastón, haciendo como que dormía.

Era el director del centro, que llamaba porque habían desaparecido unas llaves de las dependencias, y que si no se las habría llevado el abuelo por casualidad.

La nuera, vehemente, y sorprendida a la vez, le aseguró que no sabía nada de las llaves y animó al funcionario a que siguiera la comprobación telefónica llamado a las casas de los otros internos.

Cuando ésta colgó el aparato y se sentó otra vez a la mesa, el viejo seguía en la misma posición, y con los ojos cerrados. Entonces, lentamente, se metió la mano al bolsillo interior de la chaqueta, y extrajo un manojo de llaves.

Las cogió con la punta de los dedos, las sacudió para que sonaran, y dijo: «No podrán conmigo».

Antonio sufría de Alzheimer, así que después de sacar las llaves, su nuera le conminó a vaciar todos sus bolsillos, y una tras otra, comenzaron a aparecer varias dentaduras postizas que había sustraído a otros viejos del centro social.

Solo dieron cuenta a la ludoteca de las llaves desaparecidas, porque hubiese sido imposible saber a quién pertenecía cada una de las dentaduras, a menos que los interesados una a una, se las fuesen probando hasta dar con la suya.

Antes de la guerra, el abuelo Antonio se había sacado el carné del Partido Socialista; así que que cuando ganaron los nacionales lo detuvieron, y junto a otros, lo metieron en un tren con rumbo desconocido.

El tren hizo una parada en mitad de ninguna parte, en la sierra de Granada. Los soldados tenían que hacer sus necesidades, y bajaron a los presos para que también pudiesen hacer lo suyo.

Vigilados por los guardias, los presos desaparecían detrás de los matorrales por unos instantes y luego volvían a aparecer.

Antonio, con la pilila fuera, empezó a caminar, buscando un sitio donde orinar a gusto, pues como muchos, no toleraba que lo mirasen mientras lo hacía.

De pronto, se dio cuenta que estaba a unos 500 metros del tren, y que el guardia estaba fumando, sin reparar en él. También se dio cuenta que estaba sosteniendo su minga aún, y que no había aliviado su vejiga todavía.

Cuando estuvo suficientemente lejos, se escondió durante horas bajo unos matorrales, hasta que se decidió a caminar. Iba en dirección a Sierra Nevada, y de pronto vio un pueblo.

Estaba bastante hecho polvo, y se dijo que en una situación como esa, con las ropas que llevaba, si quería conseguir un sitio donde comer, asearse, y dormir, no podía presentarse simplemente como Antonio.

Al doblar una esquina, vio a una mujer en el umbral de una puerta, se acercó y se puso a hablar con ella.

Le contó que era médico, y que se había perdido. En la España de aquella época, lo socialmente más valorado eran los profesores y los médicos. Así que, de Antonio, pasó a llamarse Don Antonio.

La mujer lo hizo pasar a la casa, y le sirvió un plato de sopa. Mientras comía, la mujer, como que no quiere la cosa, le comentó que tenía una hija enferma, y que si no le podía hacer el favor de hacerle un reconocimiento.

Antonio no se podía negar, así que cuando acabó de comer, lo hicieron pasar a un cuarto, donde al cabo de un par de minutos apareció una chica de unos dieciocho años enfundada en una bata.

Antonio tenía unos veinte o veintidós años, y la muchacha no podía ocultar su vergüenza, pero su madre le decía que Antonio era médico, y que estaba acostumbrado a ver gente desnuda.

Entonces, la muchacha se quitó la bata, y Antonio comenzó el reconocimiento auscultándola, tocándole los pechos, y pegando su oído a su cuerpo, mientras su excitación iba en aumento. Sin embargo, logró disimular muy bien, pues la madre estaba observando toda la operación.

Antonio recetó a la muchacha una tisana de manzanilla con anís, cada noche antes de dormir, y se quedó algunos días en la casa, con el pretexto de ver cómo evolucionaba la paciente. Durante ese tiempo, era él mismo quien le llevaba la medicina a la cama, hasta que una mañana fue sorprendido por la madre de la chica jugando a los doctores debajo de las sábanas. Como es obvio, se casaron, y Antonio tuvo que buscarse un trabajo.

Antonio siempre quiso ser artista, trabajar en el teatro, o ser actor de cine; esto último, lo consideraba algo inalcanzable. Sin embargo, su oportunidad llegó, cuando le ofrecieron trabajar no en «el cine», sino en «un cine», como acomodador.

Era el mejor trabajo que le hubiesen podido dar, pues veía todos los estrenos, y como había visto la película varias veces, se sabía los diálogos de memoria, y los ensayaba a solas, y después los repetía en presencia de sus amigos en el bar.

Nunca fue un hombre valiente, pero tuvo mucha suerte, y sabía aprovechar las oportunidades cuando se presentaban, como cuando se escapó del tren que lo transportaba con rumbo desconocido como prisionero.

Un día, al cine llegó uno de los señoritos locales, un berraco alto y grueso, que al ver a Antonio empezó a meterse con él: «¿Qué pasa rojillo, cómo es que no estás en un campo de concentración?…yo te enviaría a construir el monumento a los caídos». Antonio, harto, depositó lentamente la linterna en una butaca y se lanzó al cuello del hombre.

El otro era mucho más alto, pero Antonio parecía un gato montés agarrado al cuello del berraco. Entonces, en el forcejeo, Antonio poco a poco fue impulsándose con los pies apoyándose en los respaldos, hasta quedar en el borde de la barandilla del gallinero, sin soltar a su presa. Entonces, el palurdo le dice: «¡Antonio, por lo que más quieras, que nos caemos; Antonio, por favor, perdona si te he ofendido!»

Antonio, lo soltó, no sin antes hacer un gesto de magnanimidad. El señorito, si había pensado en desquitarse, no lo hizo; por el contrario, de ahí en adelante, cada vez que se encontraba con él lo trataba con mucho respeto.

 

Barcelona, viernes 22 julio de 2005.

Diego López, un compañero músico, ha ido a recogerme al Park Güell por la tarde, cuando acabé de tocar, bajo el Puente de los Enamorados. Tenía que ayudarlo con un diseño para la caratula del próximo disco de Inga, su novia, y hemos estado trabajando las fotos en mi ordenador.

Hace poco que regresé a vivir a esta casa, pues cuando con Rosa dejamos la relación, primero me fui a casa de Diego unos días, y luego alquilé una habitación en un piso de la avenida Hospital Militar, en Vallcarca, cerca de la Plaza Lesseps. Después regresé cuando ella se fue a Valencia. La habitación me la alquilaba Horacio, un amigo de Diego. Ambos son argentinos.

Horacio era gerente del Burguer King, y, por desgracia, sus costumbres alimenticias estaban acordes a su puesto laboral; por lo que había conseguido tener un aspecto voluminoso, y lucía una panza acuática que se sacudía cuando caminaba, como si llevara la piscina municipal dentro del cuerpo. Era evidente que comía en el trabajo, y tenía barra libre. Era muy buena persona, y dado que había dejado mi ordenador de escritorio en la casa donde se había quedado Rosa, tuve que buscarme la vida para grabar los CDS que llevo para vender al Park Güell. Así, Horacio me prestó varias veces su ordenador portátil para esto, la primera vez, sin que yo se lo pidiera.

La habitación era muy grande, y daba a un patio interior donde había un prado y unos árboles. Es un lugar silencioso como un cementerio; tal y como al ayuntamiento le gustaría que fuese Barcelona por la noche.

Por cierto, no entiendo como en un país mediterráneo donde la gente tiene un carácter tan dramático, pretenden que no se escuchen las conversaciones a través de aquellas paredes que son como de papel, si como toda ciudad de pasado romano y medieval, aquí la gente vive hacinada uno al lado, debajo, sobre, delante y atrás del otro.

He escuchado que hay unas leyes para que los vecinos puedan delatar a otros vecinos si hacen ruido. La delación es una institución en España desde los tiempos de la inquisición, por cierto. Si alguien te quería quitar de en medio, te denunciaba al Santo Oficio por hereje. Ahora, es lo mismo, pero con una institución civil.

También un vecino con alguna patología síquica y no puede dormir ya de por sí, puede hacer que cierren un bar. Entonces, con razón o sin ella, el vecino afectado llama a la Guardia Urbana, hace la denuncia, y al bar le cae una multa tras otra, hasta que lo hacen cerrar.

Menos mal que a los vecinos del bar l’Astrolabi, no se les ha ocurrido hacer algo por el estilo. De momento. Toco allí desde 2002, lunes si, lunes no, alternándolos con Dani Flaco, un cantautor del barrio de Belvitge. Hay un ambiente musical tremendo, con programación de conciertos cada noche.

El bar l’Astrolabi tiene un auténtico espíritu de piratas. De los personajes de piratas justicieros de las novelas y películas de aventuras; está claro que no todos eran así. La filosofía es hacer música en directo, a pesar de la expresa prohibición del ayuntamiento en cuanto al tema. Recientemente ha salido un artículo que compara la vida musical de Barcelona con la de Kabul.

El bar tiene varios socios que se turnan para atender la barra, y no cobran sueldo alguno. Sin embargo, a los músicos nos pagan correctamente. El bar tiene la estética muy particular, con banderas piratas, maquetas de barcos, sombreros, etc., a causa de Jordi Cantavella, y su primera novela “Novapatria”, la historia de unos piratas que llegaban por un túnel del tiempo hasta el presente y realizaban —a su manera— los actos de justicia que nadie hoy se atreve a hacer.

No se con qué cara, el año pasado, el ayuntamiento quería presumir que vivíamos en una ciudad cultural, organizando el sonado “Forum de las Culturas”, cuando de todos los exponentes de la cultura mundial que vinieron al Fórum, la única figura de la cultura de la que la gente se acuerda es Carlinhos Brown, un músico de pachanga brasileño, que organizó una batucada por el paseo de Gràcia. A su lado, el alcalde de Barcelona Joan Clos apareció por la tele con la corbata alrededor de la cabeza, encabezando la caravana, el día de la clausura.

Las rupturas de pareja, como todo, tienen un lado positivo. Este último tiempo he podido ahorrar, y compré un ordenador portátil marca Benq, de color negro azulado.

Como estaba tan entusiasmado con la compra, me he puesto a escribir una novela, de la que llevo unas quince páginas, basándome en la trola que se me ocurrió en la fiesta frente al editor aquel. Aunque no era todo inventado, pues me basé en una historia que mi abuelo me contó sobre un espía alemán que él había conocido en el sur de Chile, durante la Segunda Guerra Mundial. Nunca hay nada nuevo bajo el sol.

También he estado dándole vueltas a una canción políticamente incorrecta. Habla en primera persona del perro de un “okupa”.

El dueño del perro es un veinteañero, de buena familia, que se ha ido de casa porque no le dejan fumar porros. Lo ideológico para él, en realidad, es secundario. Los domingos, sin embargo, regresa a comer con sus padres, y aprovecha de llevar la ropa sucia para que se la laven.

El perro está hasta los cojones de su amo, pues como éste es vegetariano, no ve la carne por ninguna parte. Tampoco ha tenido la experiencia de mordisquear y enterrar un hueso, como lo hacen sus congéneres.

Además, el “okupa” en cuestión, trata al perro de forma despótica, como si fuese un esclavo: “ven aquí, siéntate, vete, ladra, calla…”, como si los humanos tuviesen que tener siempre a alguien a quien sojuzgar.

Algún día la escribiré.

Barcelona, martes 19 de julio, 2005.

 

Hoy ha sido un día de verano más, pero con el cielo lleno de nubes grises y tristes que no se deciden a llorar para desahogarse, y que hacen que la atmósfera sea tan pesada como en un velatorio dentro de casa.

Llegué a tocar tarde al Park Güell, ya que me acosté de madrugada. Anoche tuve actuación en L’Astrolabi. El público eran mayoritariamente amigos de Jordi Cantavella. Entre ellos estaba Francesc Miralles y su parroquia.

Francesc es un amigo reciente de Jordi que admira su trabajo literario, pues él también es escritor. Y de éxito. Está empeñado en echarle un cable y buscar editores para sus novelas. De hecho, su último libro, “El Vals de la Claveguera”, tengo entendido que fue editado por mediación de Francesc.

El pasado sábado Francesc nos había contratado a mi y a Jordi para hacer una actuación en su terraza, pues se celebraba una fiesta.

Era un día extraño. Hacía un calor bochornoso, y el día estaba empezando a nublarse.

Yo estaba muy triste. Había desayunado con Rosa por última vez, después que ella viniese a Barcelona el día anterior, luego de hacer el Camino de Santiago. Solo se quedó en casa una noche, antes de volver a Valencia.

Ese día, Rosa y yo nos despedimos definitivamente. Ella salió por la puerta de la que había sido nuestra casa, y yo me quedé en la ventana observando como doblaba la esquina por la avenida Circunvalación, que separa Badalona de Santa Coloma, hacia la calle del Reloj para tomar el metro. Me dolía verla partir, pero no podía evitar mirarla, desde aquella misma ventana por la que ella se asomaba cada vez que yo salía a tocar al Park Güell, y me decía adiós con la mano.

De pronto volví a la realidad, y me di cuenta que ya eran casi las cuatro de la tarde, y preparé mi guitarra y los Cds que debía llevarme.

Salí de casa y un impulso me llevó a bajarme del metro en Arc de Triomf. Corrí a la estación de autobuses, y me encontré a Rosa sentada en un banco, esperando a que saliera el autocar a Valencia. Luego nos despedimos, ahora si, definitivamente. Quién sabe si volveremos a vernos otra vez.

Volví al metro arrastrando mi alma, para ir hasta Plaça de Sants y recoger a Jordi. Fuimos en su coche hasta un pueblo (no recuerdo el nombre), aparcamos y entramos a un edificio de apartamentos modernos. En uno de aquellos pisos se celebraba el evento donde debíamos actuar.

Mientras caía la tarde, el sol caldeaba la atmósfera de forma sofocante, y teñía el cielo nuboso de color naranja. Con la partida de Rosa yo estaba bastante taciturno, y no quería hablar con nadie. Además había pocas chicas, y aunque las hubiese habido, creo que estaba demasiado ensimismado (enmimismado) como para prestar atención a nadie. Suele pasar.

Nos indicaron que los bufones teníamos que empezar a actuar, así que nos ubicamos en un lugar de la terraza, y nos acomodamos en unas sillas. Jordi Cantavella leía uno de sus cuentos y yo cantaba una canción, así todo el rato. Resultó un éxito.

Los cuentos de Jordi son bastante escatológicos, y a la gente le gusta escucharlos una y otra vez. También -dicho sea de paso-, a la gente, lo que le gusta es no pensar demasiado y reírse por cualquier cosa, esté o no en una fiesta. En todo caso, estábamos precisamente en una jarana, y no era momento de ponerse profundos con mis otras canciones que tocan temas existencialistas. Así que, por mi parte, elegí el repertorio más “chorra” de canciones para reír, y nos ganamos cada uno los cincuenta euros que nos pagaban. En mi caso, también vendí cuatro CDs.

Durante la velada, había un hombre calvo, pequeño y esmirriado, con una manera de hablar modulada y fina, en un rincón de la terraza. Varios hacían corro en torno a él, y le hacían la pelota. Yo me acerqué y procuré ponerme con la espalda contra la pared, por si acaso, nunca se sabe.

Hablaban sobre argumentos de novelas que estaban escribiendo, ya que todos eran escritores, y el tipo de la voz modulada era un editor. De ahí que le dedicaran tantas pelotilleras atenciones.

Como todos explicaban sus proyectos de novela, y yo había bebido lo suficiente como para estar sarcástico, y con lo que me había pasado me daba todo igual, dije que también estaba escribiendo una novela, y el editor se dio la vuelta y dijo, “¿ah si?” y me animó a explicarle la trama, observándome de arriba abajo con una sonrisilla. Me puse a inventar sobre la marcha, y debo reconocer que resultó convincente. Ahora me estoy planteando si de verdad no podría ser yo capaz de escribir una novela también…

Cuando acabé de explicar aquello, uno de los del grupo se dirigió a mí, y resultó ser un tipo que había conocido en Chile,  cuando en 1998 regresé después de casi cinco años. Estaba entonces yo otra vez en el “Peda”, mi universidad, para titularme de profesor de Historia y Geografía (maldita sea para lo que me ha servido…), y Albert (no recuerdo su apellido), hacía un curso o algo así, con mi director de tesis, Italo Fuentes.

Bueno, supongo que en la fiesta aquella había personas muy importantes. Pero en lo único que yo pensaba era que ese día me había pasado una sola cosa significativa, y ésta había sido el último desayuno que tomé con Rosa. Tal vez más adelante no le encuentre sentido a este gesto tan dramático, pero, por ahora, sigo solo en casa, con su fantasma rondando por aquí y por allá, y escuchando su voz en cada rincón de mis recuerdos.